25 de febrero de 2017

Crítica de cine: Fences, de Denzel Washington

August Wilson (1945-2005) fue uno de los dramaturgos estadounidenses más importantes del siglo XX pero su obra es poco conocida a este lado del charco. Frente a la fama universal de gigantes como Eugene O’Neill, Tennessee Williams y Arthur Miller – y obras respectivas como Largo viaje hacia la noche, A Electra le sienta bien el luto, El zoo de cristal, Un tranvía llamado deseo, Muerte de un viajante y Las brujas de Salem, constantemente representadas y bien conocidas por el espectador teatral español, por ejemplo–, que revitalizaron el teatro norteamericano el pasado siglo, la obra de Wilson parece menos conocida, pues se centra en los problemas cotidianos de la población afroamericana en los Estados Unidos. Fruto de su empeño está “Ciclo de Pittsburgh”, diez obras ambientadas en esta ciudad y que recogen las vivencias (y las dificultades) de personajes y comunidades negras a lo largo del siglo XX; Fences la obra para la década de los años cincuenta. Esta obra, tras un preestreno en New Haven (Connecticut) en 1985, fue llevada a Broadway dos años después, donde logró un enorme éxito (más de quinientas funciones) y tuvo a James Earl Jones (nada menos) en el papel protagonista. Los Premios Tony avalaron el éxito de la obra de Wilson, que a su vez logró un Premio Pulitzer. En 2010 la obra se reestrenó en Broadway con un elenco encabezado por Denzel Washington en el papel de Troy Maxson y Viola Davis en el de su sufrida esposa Rose. Ambos lograron un Tony por su interpretación. En 2015 Washington anunció que estaba dispuesto a hacer una adaptación del Ciclo de Pittsburgh para la gran pantalla y Fences fue la primera película escogida, con dirección y producción del actor, que volvió a meterse en la piel de Troy. Junto a él, Davis y algunos de los actores que también se subieron al escenario en 2010. Un revival teatral en toda regla, pero esta vez llevada a la gran pantalla. Y quizá este sea el principal (y único, de hecho) “inconveniente” de la adaptación de Fences que se estrenó ayer en las salas españolas y que este domingo 26 de febrero compite, entre las seleccionadas a mejor película (y otras categorías), en los Premios Oscar. 

Troy es un antiguo jugador de béisbol cuya carrera deportiva no logró beneficiarse del todo de la norma que permitió, en 1947, que los jugadores negros pudieran participar en las grandes ligas (las Series Mundiales, de hecho). Troy, para entonces, ya tenía cuarenta años y su sueño de triunfar en el béisbol se esfumó, ya era demasiado mayor y eso siempre le ha pesado: siempre habla de béisbol, para él es una metáfora de la vida; una vida de por sí complicada, huyendo de un padre violento, lidiando con la delincuencia y la prisión, hasta que conoció a Rose, con quien ha pasado los últimos dieciocho años y ha tenido un hijo, Cory (Jovan Adepo]; fruto de una relación anterior tuvo otro hijo, Lyons (Russell Hornsby). Ahora, en 1957, Troy trabaja de basurero, cuida como puede de su hermano Gabe (Mykelti Williamson), veterano de guerra y que sufrió una grave lesión en la cabeza que ha afectado a su percepción de la realidad. Pero Troy no es feliz, no está contento con la vida que lleva. Su vecino, compañero de trabajo y sobre todo amigo Jim Bono (Stephen Henderson), le comprende pero también le insiste, en el fondo, a que acepte lo que tiene. A su vez Troy se erige en particular héroe contra la segregación racial en su trabajo, exigiendo a sus superiores ser conductor, como los blancos, lo cual puede poner en peligro su puesto de trabajo (y la estabilidad, frágil, de la economía familiar). 

Como padre, Troy es una figura severa e incluso intransigente, especialmente con Cory, al que exige una responsabilidad con los estudios y un trabajo ocasional; una responsabilidad que él mismo no tiene, lo cual no le impide controlar la vida de Cory, que sobre todo desea jugar al fútbol americano. Tampoco comprende Troy a su otro hijo, Lyons, un músico que va malviviendo de aquí para allá y que suele acudir a casa de los Maxson los viernes, día de paga, para pedir dinero a su padre. El drama familiar, no obstante, se suaviza con la personalidad extravertida de Troy, que siempre cuenta historias del pasado con su peculiar sentido del humor, aunque ello no le impida no pensar más en la felicidad de quienes le rodean: de una esposa que lo dejó todo, sueños y aspiraciones, por él, o de unos hijos que sobre todo quieren sentirse respaldados por una figura paterna tan severa… y a menudo contradictoria con aquello que predica. Pues Troy no es precisamente un buen marido, ni un buen padre; es egoísta, constantemente reclama un espacio propio que lo devuelva a los “tiempos gloriosos” del pasado, a una libertad que ahora no siente. Posterga o retrasa la construcción de una valla (de ahí el título de la obra) que construye alrededor del jardín de su casa –, que Rose insiste que es para separar el peligro externo del núcleo familiar–, pues en el fondo piensa que lo encierra y lo aleja de ese espacio “libre” que quisiera tener. Cuando, por su carácter demasiado “espontáneo”, como le advierte Bono, ponga en riesgo ese núcleo familiar, Troy entrará en una deriva emocional de resultados imprevisibles.
Fences nos depara dos horas y cuarto de un espléndido trabajo actoral: no sólo Denzel Washington, sino también Viola Davis, en uno de esos papeles intensos y poderosos (como en La duda y Criadas y señoras) que justifican la nominación a un Oscar que este domingo muy probablemente se llevarás (como mejor actriz de reparto), y prácticamente el resto de actores que aparecen en la película. Y es que logran transmitir con fuerza las frustraciones y fracasos personales de unos personajes anclados en un lugar y que sienten que su momento de ser alguien pasó; como Willy Loman en Muerte de un viajante, Troy se siente desamparado, es un padre de familia estricto que no escucha a sus hijos y les exige algo que en el fondo él mismo no puede conseguir, está fuera de época y sus sueños de alcanzar algo tienen una pátina tragicómica, patética incluso, que solamente les lleva a hundirse más y más. La trama de Fences exprime al máximo cómo era vivir en una comunidad negra, con la segregación racial siempre presente, pero también con un racismo institucionalizado en los propios negros, en sí mismos. Cuando Troy se desnuda emocionalmente para contar su propio pasado, la pésima relación con su padre, que lo acabaría echando de casa a los catorce años, se logra cotas de auténtico virtuosismo interpretativo por parte de Denzel Washington, del mismo modo que Viola Davis nos “gana” con un par de secuencias. 


El “problema” está en que “vemos” una (gran) obra de teatro en la gran pantalla, no una película que adapta un texto teatral y lo desarrolla con un estilo y mecanismos propios del cine. Fences desborda alma teatral de principio a fin, no logra trascender el propio espacio físico de un escenario teatral; de hecho, uno puede verse sentado en un patio de butacas y frente a un escenario, pero en realidad está delante de una pantalla de cine y apenas se distingue una cosa de la otra. Washington es un inmenso actor en esta película, logra que nos olvidemos de papeles que haya realizado antes con una interpretación de altura… y muy de teatro. Pero como director se muestra huidizo, casi invisible; como director de una película, claro. No hay una personalidad propia en esa labor, parece limitarse a no salir de la zona de confort (teatral) que conoce por haber interpretado el papel en Broadway. Y ello no lastra la película, que tiene una calidad más que demostrada, pero sí deja una sensación de que si en vez de adaptar la obra al celuloide hubiera grabado una función teatral de Fences y luego la hubiera emitido en un cine… apenas habría diferencia. Quizá por ello las posibilidades de que la cinta pueda competir en los Oscars sean muy limitadas. Y quizá por ello también queda la sensación de que el espectador ha visto una gran obra de teatro, pero se ha perdido la película. 


Con todo, a la hora de la verdad, uno se queda muy satisfecho con Fences, esa historia y ese puñado de actores. Quizá no haya visto una “película”, pero sin dudas se ha sentido atrapado por una “obra” que, por qué no, trasciende los géneros y las etiquetas. Porque es una gran “obra” y unos actores muy buenos. A la postre, ¿qué más da que se note que es teatro? Si a ti te encanta el teatro, autor de estas líneas…

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