7 de febrero de 2017

Crítica de cine: Loving, de Jeff Nichols

Hay ocasiones en las que una película tiene que dejarse de clichés y prisas y echar mano del sosiego para contar una buena historia. Aunque el tema a tratar parezca trillado; aunque se corra el riesgo de aburrir (y no se descarrila en ese tren si se hacen bien las cosas) en unos tiempos actuales en los que o atrapas al espectador con parafernalia pirotécnica de todo tipo o estás muerto en la pantalla. Volver a los “clásicos”, a la simplicidad, a las cosas sencillas que nos rodean y que suelen funcionar porque en ella encontramos acomodo y comprensión. Quizá para un espectador apurado que busca pasar un rato entretenido una película como Loving le parezca plana y lenta, incluso desprovista de la fuerza narrativa que (e)mana de un tema candente como la discriminación racial en los Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta. Podría ser que para quien busca una historia (melo)dramática teñida de una intensidad llevada al límite la contención con la que se muestra a los personajes de este filme sea contraproducente. Pero no siempre una buena historia necesita de ruido y adrenalina. Basta simplemente con un buen guion, unos actores que se metan en la piel de unos personajes y un director que los sepa dirigir y cree la atmósfera estrictamente necesaria para contar precisamente eso, una buena historia.

Loving es de esas películas íntimas y sosegadas que no necesitan grandes alardes argumentales o incluso instrumentales. La historia de Richard (Joel Edgerton) y Mildred Loving (Ruth Negga), un blanco y una negra de un condado de Virginia que se conocían desde jóvenes, se enamoraron y se casaron en 1958 (viaje a Washington, D.C. mediante, pues en su estado los matrimoniales interraciales estaban prohibidos), es de esas historias aparentemente sencillas (y lo es) pero que a poco que se escarbe (y se nos deje hacer con sutileza) atrapan al espectador. Ambos fueron arrestados al mes de casarse, acusados de un crimen por el que el abogado les sugiere declararse culpables (y sin decir nada más), recomendándole además aceptar la pena impuesta: un año de cárcel que se conmuta por una condena de destierro del estado de Virginia durante 25 años. Jeff Nichols (Take Shelter, Mud, la reciente Midnight Special) muestra las cartas desde el principio: más silencios que diálogos, más susurros que gritos, más contención que interpretaciones exageradas; y algún que otro sobreentendido pues no todo hace falta explicitarlo, ni tampoco es necesaria la consabida escena de juicio que pretende impactarnos. 

No, todo está medido en esta película, del tempo narrativo a la selección de unos personajes que a menudo no necesitan grandes diálogos para mostrarse: esa madre de Richard, comadrona de pueblo, que todo lo sabe y casi todo lo calla (“no eres tan tonto”, le dice a su hijo Richard cuando le dice que no tenía por qué casarse con Mildred, “que me cae muy bien, como mucha gente”); ese juez que no atiende a razones (e incluso se permite apelar a la religión, no a la Constitución), mucho menos al amor (“sólo dígale que quiero a mi mujer”, le dice Richard a su abogado cuando este le pregunta qué diablos va a decirle al juez en el juicio); ese sheriff taciturno pero que no oculta una violencia “institucionalizada” y la aplicación de una ley que ni se plantea discutir. Del mismo modo, el dolor y el amor, a partes iguales, que guarda dentro de sí Richard, el humilde obrero de la construcción que sólo quiere cuidar a su mujer; o la convicción por la justicia que no oculta la aparentemente callada Mildred, dispuesta a escuchar al abogado que no conoce pero que quiere llevar su caso al Tribunal Supremo si hace falta.

Todo funciona, argumental e interpretativamente, en una película que mira al devenir de los tiempos, del mismo modo que Mildred sigue por televisión la Marcha por los Derechos Civiles en agosto de 1963 en Washington (que culminaría en el discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King que no es necesario que veamos… otra vez) y sin necesidad de ser redundante. Una película que muestra los temores más íntimos de un padre de familia cuando cree que un coche le sigue de vuelta a casa. O que consigue que nos pongamos en la piel del fotógrafo de la revista Life (Michael Shannon) que captó la foto de Richard recostado en el regazo de Mildred mientras ambos ven y ríen con un programa de televisión; una imagen que resume el amor que ambos se tenían, sin más ni con menos. Nichols incide en cuestiones como el desarraigo vital de unos personajes forzados a vivir a lejos del lugar donde se criaron y conocieron, y de sus familias. Como en Take Shelter, vemos a un padre de familia que luchará por proteger a los suyos, pero con una contención que no tenía, en aquella película, el personaje de Michael Shannon. Una contención, no obstante, no exenta de dolor. 

Loving es una película hermosa y que emociona sin necesidad de hurgar en una sensiblería ramplona que a veces echamos de más en algunas películas. Intensa, pero no efectista. Sencilla pero no simplona. Con su tempo, para nada aburrida. Habrá momentos en los que nos llegue al corazón e incluso nos sorprenderá por un tema que sigue siendo de candente actualidad, por mucho que hayan pasado cincuenta años; en 1967 el Tribunal Supremo derogó las leyes de Virginia (y otros estados) sobre el mestizaje, insistiendo en que el matrimonio es un “derecho inherente” que la Constitución de los Estados Unidos y la Decimocuarta Enmienda protegen. Como reza en el póster estadounidense de la película, “all love is created equal”. Richard y Mildred Loving lo llevaron hasta sus últimas consecuencias.