3 de febrero de 2017

Crítica de cine: Manchester frente al mar, de Kenneth Lonergan

Más o menos, en cada edición de los Oscars está nominada alguna película que por su contenido se explica el uso del adjetivo “dramático”. El drama como trance, como suceso que nos golpea y afecta, que nos aturde, traumatiza y deja secuelas. Historias dramáticas con personajes torturados por la vida y que para el intérprete de turno es una oportunidad de oro para llevarse la estatuilla. A menudo, no obstante, el elemento dramático puede estar demasiado cargado de un dramatismo extremo o pasarse de frenada en cuanto a provocar emociones (por no decir el llanto) entre los espectadores. En la reciente gala de entrega de los Globos de Oro, el presentador Jimmy Fallon hacía una broma al respecto de esta película, Manchester frente al mar, definiéndola como “la única cosa del 2016 más deprimente que el propio 2016”. En cierto modo, Fallon incidía en el elemento dramático, y el propio dramatismo de la historia que se nos cuenta, pero a la postre el visionado de la película no nos deja con una sensación de congoja o “deprimente”, pues bajo esa capa de tristeza y sobre todo dolor que desprende el filme brotan, tímidamente, las semillas de la esperanza. Y con esa esperanza es con la que uno puede salir de la sala de cine, al menos pensando en unos personajes que necesitan segundas oportunidades, sí o sí.

La historia de Lee Chandler (Casey Affleck) es la de un superviviente, prácticamente un muerto en vida, que vive y trabaja en Boston como conserje, ajeno al mundo que le rodea y haciendo gala de un carácter arisco e incluso problemático. Recibe un día la noticia de la muerte de su hermano mayor Joe (Kyle Chandler) y se ve obligado a dejarlo todo para acudir a Manchester, el lugar donde creció y vivió, para hacerse cargo de las gestiones fúnebres y, sobre todo, de su sobrino Patrick (Lucas Hedges). Pronto descubriremos, como espectadores, que regresar a Manchester significa volver al lugar donde comenzó la segunda vida de Lee; una vida de dolor y sufrimiento en silencio. No destriparemos esa cuestión. Kenneth Lonergan escribe y dirige una película que es puro drama, jugando con flashbacks eficazmente insertados en la trama y que nos permiten conocer a Lee, Joe y sus familias en el pasado, sus problemas y su manera de vivir en una ciudad costera. No hay resquicio para hurgar sin necesidad en un dramatismo exacerbado incluso cuando comprendemos el trasfondo de la historia de Lee; la suya y la de su ex esposa Randi (Michelle Williams); o la de la madre de Lucas, una alcohólica de la que Joe se divorció y que no quiere que se mantenga cerca de Patrick. Historias familiares que el espectador puede vivir como muy cercanas. Nos identificamos con esos personajes pero no nos dejamos acongojar más de lo necesario con su sufrimiento. Lonergan no quiere que nos deprimamos, sino que acompañemos a esos personajes. Quizá pueda suceder que en la manera de exponer las diversas aristas de la trama pueda imponerse un cierto tono aséptico, por definirlo de alguna manera. Nos importan Lee y los suyos, pero parece instalarse una cierta distancia, la pantalla en este caso, que otorga una cierta privacidad a los personajes y una respetuosa recepción por nuestra parte. El uso de la música es peculiar, chocante incluso para quien esto escribe; impuesta en ocasiones y no solamente como telón de fondo emocional. No es una selección musical que induzca al voyeurismo emocional (o sensiblero), no se trata de eso: personalmente me sentí incómodo en algunos momentos; no golpeado emotivamente, pero sí desubicado. Probablemente es una sensación personal, pero hubo momentos en que me chirriaba sentir esa música en ese momento. 
En cambio, me sentí más “inserto” en la película y en sus devenires gracias a la “ambientación” de Manchester en pleno invierno: la nieve, el hielo, el frío que los personajes acusan y que parece traspasar la pantalla. En cierto modo, esta película me pareció como un reverso dramático de Beautiful Girls (Ted Demme, 1996), como si viéramos a algunos de los personajes de aquella cinta pero unos años después; sus familias, sus dramas personales, su actitud ante los reveses. La estética de ambas películas es similar, aunque con recursos dramáticos muy diferentes. El humor que acompañaba la película de Matt Dillon y Timothy Hutton está ausente de esta otra película, que no usa registros de comedia para aligerar el peso de la tragedia que sobrevuela el filme. Y, con todo, en la relación peculiar que se establece entre tío y sobrino, entre el hombre que no concibe las relaciones sociales y el adolescente que es capaz de simultanear dos affaires amoroso-sexuales a la vez, hay cierto tono cómico, no buscado, simplemente resultado de los avatares de la vida. 
Manchester frente al mar interesa al espectador por lo que cuenta, sin aspavientos ni emotividades baratas. Son varios los momentos que “llegan” al espectador, incluyendo una secuencia entre Lee y Randi (y hasta ahí puedo leer) y una frase que el primero le dice a Patrick tras tomar una decisión; unas pocas palabras que lo resumen absolutamente todo: “no lo supero”. Para entonces hemos comprendido a Lee, hemos sabido las causas de que sea como es, incluso cuando le damos esa segunda oportunidad que sabemos que necesita y que en algún momento deberá coger con sus manos. Sólo por eso vale la pena una película que demuestra calidad; incluso cuando pensamos que lo que se nos está contando tiene una pátina de telefilme de sobremesa adocenado y nos preguntemos qué razones hay para que esta película esté entre las nominadas. Pues es una sensación que también queda tras su visionado. ¿Es realmente una película para tanta alharaca mediática? Nominaciones al margen, es una película que llega y deja sensaciones, quizá no las que esperábamos a priori.