12 de febrero de 2017

Crítica de cine: Moonlight, de Barry Jenkins

Entre las películas nominadas a los Oscars en 2017 se ha “colado” una cinta que queda muy alejada del glamur que se supone (cada vez menos, que decida cada cual si afortunada o desafortunadamente) a este tipo de premios. Una película que entronca más con el cine independiente alejado de las grandes productoras de Hollywood (también cada vez menos…), aunque en este caso tenemos a toda una estrella como Brad Pitt en la producción de este filme con su compañía Plan B; de hecho, el presupuesto de esta película apenas supera los 5 millones de dólares, que para muchas otras cintas es calderilla en el bolsillo. La temática también difiere, a priori, de lo que se estila por Hollywood, aunque también toca cuestiones que interesan a algunos académicos: una historia de crecimiento, aprendizaje y madurez de un muchacho negro en un barrio de Miami, y que vemos a través de tres momentos de la vida de ese chico. Una historia sobre acoso escolar y racismo “institucionalizado” en el seno de la comunidad negra; una historia sobre un niño/adolescente/hombre que irá descubriendo (y asumiendo) su condición homosexual, pero sin necesidad de contárnoslo todo; una historia de un muchacho cuya madre es adicta al crack y que encontrará en un camello local la figura paterna ausente y en un amigo con el que volverá a encontrarse en el futuro el despertar sexual. Todo ello forma parte de Moonlight, una película que trata con mimo y cierta distancia una trama que a muchos espectadores dejará indiferente.

Moonlight –que adapta una obra teatral titulada In Monnlight Black Boys Look Blue de de Tarell Alvin McCraney, que se crió en el mismo barrio que el director de esta película, Barry Jenkins, y que es una frase que el personaje de Mahershala Ali menciona en un momento determinado– se estructura en tres partes, tres momentos de la vida de un muchacho negro, que a su vez recibe tres nombres: Little, Chiron y Black. Infancia, adolescencia, adultez, pero no necesariamente más madurez. La cinta nos traslada a ese barrio de Miami de población eminentemente negra (no hay blancos en la película), de tráfico de drogas local, trapicheos varios y violencia latente. Violencia en las aulas y en las calles. Violencia en el seno de la familia. Violencia y represión, que es la que sufre el pequeño/adolescente Chiron, que constantemente huye de compañeros de clase que lo acosan y maltratan. En Juan (Ali), camello local, y en su esposa Teresa (Janelle Monáe) encuentra el pequeño Chiron una segunda familia, que le tratan bien y le escuchan, a diferencia de una madre (Naomie Harris) que lo quiere pero se abandona a sí misma al consumo de drogas (y que el propio Juan le suministra, algo que ella le echará en cara en un momento determinado: actúas como si fueras el padre de mi niño pero eres el camello de su madre). El acoso escolar es protagonista de la segunda parte de la cinta, con Chiron ya adolescente, que sólo encontrará en Teresa y en Kevin, un amigo, la tabla de salvación a la que agarrarse. Kevin le apodará “Black” y ambos se reencontrarán, pasados los años y en circunstancias muy diversas para ambos… pero consecuencia de decisiones personales. 


Jenkins no nos lo cuenta todo, acompaña a los personajes pero deja que el espectador vea retazos de la vida de Little/Chiron/Black, Juan, Teresa, su madre o Kevin. Aparentemente se echa mano de los tópicos sobre unos personajes negros, epitomizados en el caso del protagonista, abocados a los tópicos: el trapicheo con las drogas, la música hip-hop de fondo, la ostentación de músculos y joyas de oro como símbolo de una masculinidad exacerbada y que se supone que un chico negro de barrio debe asumir (con esas fundas de oro para los dientes como última muestra de banalidad y estatus social). Unos tópicos que se desmontan de manera muy sutil en algunas frases de los personajes, algunas actitudes: la conversación del pequeño Chiron con Juan y Teresa a cuenta de “¿qué es un maricón”?; la pulla de la madre del pequeño a Juan; el encuentro en la playa de Chiron y Kevin adolescentes y la secuencia de ambos, ya adultos (espléndidos Trevante Rhodes y André Holland, respectuivamente), en la cafetería y con silencios y medias palabras por parte de ambos. “Eres el único hombre que me ha tocado nunca”, dirá Chiron en un momento determinado, despertando en su interlocutor y en el espectador una emoción contenida hasta ese punto de la película. Pues justamente la contención de los sentimientos, en ocasiones rota por la violencia de un momento, es la que subyace en esta película. No se trata de contar el descubrimiento (homo)sexual de un muchacho negro en una comunidad con reglas no escritas muy marcadas, sino de dejar que el personaje “crezca”, para bien o para mal, y asuma la contradicción permanente que supone llegar a eso que llamamos “madurez”. La búsqueda de una identidad subyace también en este filme; una búsqueda que será complicada por las decisiones tomadas y las cartas marcadas en una partida en la que (perdóneseme el juego de palabras) no todo es blanco o negro. 


Moonlight es la historia de ese crecimiento personal, pero sin necesidad de subrayar de más lo que a menudo queda entre líneas. En ese trabajo de contención dramática está lo mejor de una película que escribe con trazo fino una historia que podría caer en un dramatismo exacerbado (a lo Precious) en manos de un director más dado a la estridencia. Ni Jenkins lo es ni esta película busca golpearnos con un ejercicio de hiperrealidad. No, la mirada del Chiron adulto, del Black clembuterolizado y previsible carne de presidio, nos muestra tanto o más que sus pocas palabras. Y en ese momento, hacia el final del filme, uno acaba por comprender el camino trazado y el buen pulso narrativo demostrado. Pero, me temo, esta no es una película para todo el mundo…