24 de febrero de 2017

Crítica de cine: T2 Trainspotting, de Danny Boyle

En 1996 se estrenó Trainspotting, película basada en la novela homónima de Irvine Welsh y que ya en su momento se convirtió en una película de culto, etiqueta que ha perdurado hasta la actualidad. Las andanzas de un grupo de heroinónamos y maleantes de poca monta en Edimburgo, con el telón de fondo de una ciudad que acusaba el legado del thatcherismo, se mezclaban con una estética lumpen y un cierto elemento surrealista en torno al vía crucis de la adicción al crack. La película confirmó el talento de su director, Danny Boyle, que firmaba un segundo filme tras una carrera sobre todo centrada en la televisión; y de unos actores, especialmente Ewan McGregor, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle (quien, por cierto, protagonizó al año siguiente otra película, Full Monty, que desde la comedia también planteaba los estragos de la reconversión industrial, esta vez en la Inglaterra de finales del período conservador de John Major). Los personajes de Trainspotting, perdedores, alienados y abocados a un proceso de autodestrucción (el caso en particular de Tommy/Kevin McKidd), se mostraban indiferentes a la madurez de quienes ya estaban en la veintena avanzada, no se preocupaban por tener un trabajo “honrado y decente”, y sólo se dedicaban a trapichear y meterse chutes de heroína. La visión deprimente (y deprimida) de una clase obrera escocesa que no hallaba salida a los problemas cotidianos caló en unos últimos años del siglo XX, auge del proceso de mundialización económica y social y que apuraba hasta las heces el eco grunge a lo Kurt Cobain previo al crecimiento de los millenials, el estallido de las redes sociales y el triunfo del mundo globalizado de hoy en día.

La película tenía como protagonista a un héroe fracasado (o en proceso de fracasar), Mark Renton (McGregor), que a lo largo del filme trataba de superar su adicción a las drogas, aunque en el fondo no tuviera demasiado interés en rehabilitarse; de hecho, el lema “escoge una vida”, que era el eslogan de una campaña contra el abuso de los drogas, se convertía para Mark en la verbalización de un particular contraprograma de vida: la vida que había “escogido” era la de heroinómano. Renton y sus amigos, y compañeros de un desastroso equipo de fútbol local, Simon “Sick Boy” Williamson (Miller), obsesionado con el universo James Bond; Daniel “Spud” Murphy, desastrado e ingenuo; Tommy (McKidd), aparentemente el más “centrado”, y Francis “Franco” Begbie (Carlyle), pura violencia sin sentido, sobrevivían al día a día sin oficio (aparente) ni beneficio. La película destacó por una visión desencantada y sin futuro de la vida, de chute en chute, de trapicheo en trapicheo; el surrealismo del filme se centró en el “descenso a los infiernos” (del mono por la heroína) de Renton y una habitación empapelada con motivos ferroviarios, que se erigía en un túnel sin final, tan elocuente como la improbable redención del protagonista. La cinta terminaba con un chanchullo de Renton, Sick Boy, Spud y Begbie, una huida con las ganancias y la oportunidad de un futuro para Mark. 

Veinte años después, y tras varios proyectos de guion en ciernes, se produce la reunión de los cuatro actores y el director en este T2 Trainspotting, con una premisa muy sencilla: reubicar a los cuatro personajes dos décadas después y saber qué ha sido de ellos. El riesgo principal de esta película recae precisamente en la idea de fondo que últimamente pulula por las salas de cine y la pequeña pantalla: la nostalgia. Y es un peligroso concepto: volver a aquello que fue, tratar de recordar lo que es pasado y quedó atrás, adaptarse a las consecuencias de llamar a las puertas de la memoria y ver que el reflejo en el espejo en el que nos miramos, años después, puede que no sea el mismo. Por suerte, esta película, que adapta una parte de aquella novela y de su secuela, Porno, no se preocupa excesivamente de tocar la tecla de la nostalgia… al menos una vez puestas las figuras sobre el tablero y reencontrado el espectador con ellas. Pues los personajes, inevitablemente, ya no son iguales; matizo: los personajes menos Begbie ya no son iguales. Franco continúa siendo el mismo sociópata violento que era veinte años atrás, aunque más viejo y más golpeado por la vida; en este caso, una condena a prisión.

Tras una larga temporada residiendo en Amsterdam, Mark Renton regresa a Edimburgo, una ciudad muy diferente, más “moderna” y menos lumpen que la dejó. Se reúne con Simon “Sick Boy”, que regenta el viejo pub de una tía y se dedica a la extorsión de peces gordos locales a los que chantajea tras grabarlos en encuentros sexuales con una prostituta búlgara, Veronika (Anjela Nedyalkova), que al mismo tiempo es su pareja (y aspira a ser la madame de una sauna/burdel); y le devuelve parte del botín que se llevó veinte años atrás. Pero Simon no puede olvidar (¿quizá superar?) la traición (“primero llega la oportunidad, luego la traición”). Con todo, surge una (otra más) oportunidad de negocio (la sauna/burdel) en el viejo pub. Suben al carro a Spud, envejecido e incapaz de encontrar trabajo (y de mantener cerca a una familia), y que sólo encuentra una razón para sobrevivir en los textos que escribe sobre el pasado, sin un ápice de nostalgia, por cierto. La cosa se complicará cuando (re)aparezca Begbie, huido de prisión y utilizado por Simon contra Mark; un Begbie que también deberá afrontar (ojo, a su manera) la familia que dejó atrás, con un hijo que desde luego no tiene intención de seguir la senda criminal de su padre. 

T2 Trainspotting plantea otra historia de trapicheos (y algo de heroína) en clave de comedia negra, como la primera película, pero se apunta otro tanto con una estética y una trama también negra, pero esta vez de género negro. El elemento cómico sigue estando presente (el local de unionistas protestantes y ferozmente anticatólicos en el que Mark y Simon se cuelan para robar) y la veta surrealista queda en manos de un Spud “más pa allá que pa acá”, reconvertido en escritor tras un intento de suicidio. “Elige una vida” sigue siendo el leitmotiv de los personajes, pero los años no pasan en balde y la (ausente) madurez que esquivan no parece que sea en pos de una “vida” de verdad.. aunque lo intenten. Pero estamos en 2017, los tiempos son otros y los personajes ya no tienen aquella mirada del pasado, ni Edimburgo es la ciudad en la que se movían en busca de un chute más. Lo sórdido de aquellos años de desparrame emocional se transforma en algo más “aséptico”, tecnificado, incluso cool

Uno se preguntaba, antes de sentarse en la butaca de la sala de cine, si era realmente necesaria esta película, como muchas secuelas y productos que tratan de apelar a la nostalgia. En cierto modo, la respuesta es no: no era necesario. Pero lo cierto es que esta película aporta una mirada más interesante de lo esperado sobre unos personajes, que básicamente siguen siendo los mismos desamparados emocionales de veinte años atrás, sólo que más encallecidos por el paso del tiempo. El nihilismo vital de la anterior película, el fracaso como propuesta de futuro, queda más difuminado, aunque el fracaso sigue siendo una constante de los cuatro personajes, cada cual a su modo. Fracaso a encontrar un lugar “normal”, aunque ellos son cualquier cosa menos “normales”. Boyle acompaña a los cuatro personajes, y algunos cameos de la primera película, y no duda en echar mano de la propia “mitología” de la primera película: la música, es decir, algunas de las canciones que sonaron entonces, y la imagen, con la misma habitación con papel de trenes en la pared (y el mismo túnel sin fin). Y sin esconderse: T2 Trainspotting quizá no sea excesivamente nostálgica con el fondo, pero desde luego sí lo es en la forma, asumiendo la autorreferencialidad como seña de identidad. Para el fan de la primera película será todo un juego reconocer los diversos referentes (musicales, visuales y personales) que aparecen en esta ¿secuela?


En definitiva, y aunque quizá se alargue un poco en el metraje y estire demasiado de un chicle que también se ve venir de lejos, T2 Trainspotting no acaba por naufragar como uno se temía y se disfruta como una película bastante entretenida y en general escrita con buen trazo. Cierto es que no tiene demasiadas ambiciones en cuanto a una trama que procura no salirse demasiado de una (consciente) zona de confort, y que, para qué engañarnos, no deja de ser un reencuentro: de personajes, de actores y de un director; quizá del éxito. Últimamente asistimos a demasiados y cansinos “reencuentros” en la pequeña y la gran pantalla; al menos este (que esperamos no tenga continuidad) no empalaga… demasiado.