9 de marzo de 2017

Crítica de cine: El guardián invisible, de Fernando González Molina

Desde que se publicó la primera de las novelas de Dolores Redondo de su, a la postre, trilogía del Baztán, uno podía intuir que en algún momnento habría una película, que una trama tan poderosa sobre el papel, como así ha sido para miles de lectores, saría el salto  a la gran pantalla. Y, una vez culminado el ciclo novelesco (y quizá con demasiada cercanía de un medio al otro en tan poco tiempo), así ha sido y se ha presentado El guardián invisible como una película del género negro-criminal. La cuestión sería hasta qué punto se podría ofrecer algo distintivo, propio, y en esta ocasión se utiliza un elemento fantástico de fondo (y en alguna ocasión casi en primer plano) para darle una vuelta de tuerca al thriller. No he leído las novelas (ni falta que me hace si se trata de valorar una película, que utiliza su propio lenguaje), pero incluso para un neófito en las mismas uno percibe, y quizá eso sea un demérito del director (y del guionista) a la hora de construir un discurso (y un estilo) propios y un producto más cerrado y mejor elaborado, que la trama tiene más derivaciones, que estamos ante un primer episodio y que, si hay empeño, puede haber una saga cinematográfica al estilo de la que se realizó con la trilogía de novelas de Stieg Larsson... y no es el único paralelismo que se puede hacer.

Como thriller policial, El guardián invisible es funcional, pero sin apenas personalidad. Fría y en ocasiones redicha, mucho de los diálogos entre profesionales policiales adolecen de naturalidad o llegan a conclusiones apresuradas en cuanto a interpretaciones sobre evidencias y pruebas, un proceso que suele ser más gradual, aunque quizá se haya dado al acelerador al respecto en aras de mantener el interés del espectador. Lo interesante de la película no está en la trama policial, en la resolución de los crímenes de un asesino en serie que ya hemos visto (o hemos leído) en otras películas o incluso series de televisión (de El silencio de los corderos a Seven, entre los referentes cinematográficos más evidentes... e incluso tópicos). De hecho, que Amaia haya trabajado y aprendido técnicas del FBI estadounidense recuerda a la creación del perfil del criminal que desarrolló Robert Ressler (el VICAP) y resulta hasta curioso verlo plasmado en la película; pero esa conversación por teléfono (y mensajes de voz) entre Amaia y el agente Dupree no acaban de cuajar en el filme y de hecho parecen un añadido innecesario. 

Lo mejor de esta película, y es ya un cliché, es la ambientación: el valle del Baztán y pueblos como Elizondo, los bosques, la vera del río, la cueva que aparece hacia el final... y la lluvia, constante, sin fin. La fotografía es espléndida, esos colores grises y sucios, esa sensación de que no hay días con sol. La imagen de un valle con un trasfondo mágico, mitológico, es poderosa, y funciona bien en la manera en cómo afecta (o aparentemente no lo hace) en la personalidad de algunos de los personajes (la tía, por ejemplo), en cómo deja un poso que, independientemente de creencias, se asume que está ahí, que es inherente al paisaje. Del mismo modo, esa idea de pureza y tradición que debe mantenerse, asumida por las mujeres más que por los hombres (es curioso cómo en este filme los personajes masculinos siempre son un apéndice de las mujeres que los rodean, sus reacciones y actitudes parecen estar a la espera de decisiones que ellos no parecen estar preparados para asumir); incluso en la (también tópica) figura de la pareja de investigadores, la masculina queda difusa. Las mujeres, para bien o para mal (y en este último caso muy para mal), asumen el protagonismo (esas hermanas Salazar, esa madre en el recuerdo y la sombra); son víctimas, se las castiga por quebrar la pureza del valle y para el asesino en serio (como en la saga de Larsson, especialmente el primer volumen) deben recibir el castigo que merecen ("los hombres que no amaban a las mujeres").

La película se hace larga, aunque no tenga voluntad de hacerlo. Los flashbacks sobre la infancia de Amaia y la relación con su madre (que, es de suponer, tiene una mayor continuidad en la saga novelesca, así como un desarrollo más complejo) no hacen más morosa la película, pero en ocasiones sí dan esa sensación (¿es quizá la investigación del caso la que sí se hace larga?). De hecho, la previsibilidad en cuanto a la resolución del caso es constante: presentación, la sucesión de más víctimas, otras pruebas, estancamiento, nuevas evidencias que dan un giro a las pesquisas, problemas para la investigadora, que se ve apartada del caso, giro dramático de los acontecimientos y resolución; y aunque la tensión se dosifica con regularidad, la concatenación de tramas (y subtramas) acaban pesando en una película que le habría venido bien una poda en la sala de montaje. 

El guardián invisible es una película interesante y de buena factura, que se sabe ganadora con la ambientación, como La isla mínima, pero con la diferencia de que a la dirección le falta la personalidad que desborda Alberto Rodríguez en esa película suya (y otras). Fernando González Molina tira de eficacia, pero le falta mostrar algo propio, dejar de lado los referentes del género (demasiado evidentes), como si siguiera utilizando los apuntes de clase. Hay material para seguir tirando del hilo de ese valle del Baztán, esas mujeres y ese poso mágico. ¿Continuarán con las otras dos novelas de Dolores Redondo?