14 de febrero de 2014

La fábula del águila engañada (relato)


Publico aquí, en este mi blog, el relato que llegó a la fase final (en la que el jurado de aristarcos decidía), pero que finalmente no ha sido seleccionado para la antología del VI Concurso de Relato Histórico Hislibris. En cambio, mi otro relato a concurso, Entre libros y sobres, sí ha sido seleccionado, y además en podio: un 3er. puesto ex aequo

Añado al final una especie de making-of (lo cual, y no me preguntéis por qué, me recuerda un gag de Muchachada Nui, el del sketch del médico), sobre la intrahistoria de este relato. Y también se entenderá por qué he incluido una imagen de Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), la secuencia de Octavio en el Senado, cuando desvela el testamento de Marco Antonio, para escarnio de éste y de sus seguidores... así como de los senadores octavianos.


«Tanto monta, monta tanto, Antonio como Octaviano»*
Grafiti en una de los muros exteriores del templo de Marte Vengador.
۩
––¿Cómo se lo ha tomado?
––Bastante mal. Se encerró en su despacho cuando Mecenas se lo contó.
––Creí que lo habría comentado contigo…
––Hay cosas que aún no me confía. No soy como tú, Marco.
––Eres su esposa.
––Y tú su amigo. No estoy todavía en el grupo de las personas a las que confía sus pensamientos más profundos. Además, ya sabes como es…
––Pero yo no duermo con él… si me permites el comentario.
––No siempre duerme conmigo. Y tampoco en la cama me cuenta sus problemas. No todos, al menos. Sé que el asunto de la pintada le ha dolido. Y sé que está rabioso. Que lo comparen con ese borracho…
––No lo han comparado… bueno, no exactamente. Lo han puesto al mismo nivel que Antonio. No sé si me explico…
––Hay gente que piensa que Antonio y él son lo mismo. Pero no lo son, ¡por supuesto que no lo son! Y eso es lo que le duele. Llevo casada con él seis años y aunque cada vez me cuenta más cosas, sé lo suficiente de su carácter, de sus sentimientos, como para ver que está muy dolido.  Al menos en este asunto.
––No debería, no es más que una pintada. Siempre hay pintadas por las calles de Roma. Forman parte de su… no sé, su decoración. César… esto, su padre no le daba tanta importancia. Solía comentar que la gente puede decir lo que le plazca, pero que ellos no se sientan en sillas curules ni firman leyes. Además, ni de lejos es como Antonio.
––Esta vez le ha herido en lo más profundo. Ya sabes cómo es… Perdona, no debería repetírtelo tanto, por supuesto que sabes cómo es. Llevas con él media vida. Conoces mejor que yo cuando está alegre de verdad, cuando finge estarlo, cuando se enfada… cuando también finge hacerlo, y en qué piensa cuando de pronto se calla. Yo… hay veces que no sé qué pasa por su cabeza. Y hay veces que no sé cómo complacerle.
––Te quiere, Livia. Nunca le vi tan feliz estando con una mujer.
––Lo sé, lo sé… pero no le lleno del todo. No, no me mires así. Sabes que es así. Sí, me quiere como nunca quiso a sus anteriores mujeres… bueno, si es que las quiso… Pero no me ama del mismo modo que se ama a sí mismo.
––Es vanidoso, pero también atento.
––Pero no nos ama tanto como a la imagen que se ha hecho de sí mismo. Esa que se ha forjado desde hace tantos años… No podemos competir con esa imagen, Marco. Ha tardado tanto tiempo en que la gente empiece a verle como el hombre con el que siempre ha soñado ser… y ahora siente que esa pintada en la pared ha destruido todos sus esfuerzos. Sus sueños.
––¿Aún sigues diciendo que no le conoces?
––Jajajaja, no dije que no lo conociera, Marco. Para algunas cosas lo conozco demasiado bien. Sé qué le hace sufrir, qué le alegra el día, qué le impulsa a cogerme de la mano y besármela. Pero también sé que cuando se cierra en banda y se recluye en sus fantasías no existe nadie que pueda sacarle de ellas. Al menos yo no soy capaz de sacarlo de allí.
––Hay veces que yo tampoco puedo.
––A ti te escucha, Marco. A mí me oye hablar. Y sé que no podré estar nunca en el lado de las personas a las que escucha.
––Oh, vamos, eso no es cierto. Muchas veces me dice lo afortunado que es por haberte encontrado.
––Claro que lo es. No se avergüenza de mí como lo hacía con Escribonia ni siente lástima como con Claudia. Me quiere… a su manera, como hacéis todos. Y también sé que ha hecho un buen negocio conmigo.
––Mujer, tampoco es eso…
––Perdóname la franqueza, pero no te hagas el tonto, Marco. Que tu apellido valga menos que una puta del puerto no significa que no sepas distinguir cuando César hace un buen negocio y cuando no. Y conmigo lo ha hecho. También contigo, pero tú no tienes que acostarte con él.
––¿Y ahora qué hacemos? ¿Esperar que se le pase el enfado?
––Habla con Mecenas. Seguro que se le ocurre algo. Pero sólo soy una mujer, no esperarás que haga vuestro trabajo…

۩

––Livia exagera, Marco. Sólo es una pintada en una pared.
––Lo pensé en su momento, pero no sé qué podemos hacer. Bueno, no sé qué hacer yo. A fin de cuentas, ¿quién soy yo? Sólo el militarote bruto que es incapaz de pensar en política, ¿recuerdas?
––No te creía tan susceptible, mi querido Agripa. Fue una broma inocente entre amigos.
––Nada de lo que sale de tu boca es inocente. Y por supuesto que me pongo susceptible, Mecenas. Pero no he venido para discutir sobre mis aptitudes en política. Ambos queremos a Octavio… a César, y algo tendremos que hacer.
––Sí, algo habrá que hacer… Por cierto, ¿cómo lo llamas en la intimidad? Es decir, cuando no está presente. Por curiosidad, nada más. A veces no puedo evitar llamarlo Octavio delante de Terencia, aunque sé que debería decir César. Un día se me escapará delante de él, ya verás. Terencia dice que no me preocupe, que a mí me lo perdonaría, pero no estoy tan seguro. De todos modos, a ella se lo perdonará fácilmente la próxima vez que se vean a mis espaldas. ¿Tú como lo llamas delante de Cecilia, por cierto. ¿Más vino?
––No, gracias; no me voy a terminar esta copa, lo siento. Ya podrías tener un vino decente... Y respondiendo a tu pregunta: César. Siempre César. Amo a mi esposa, pero, si te soy sincero, no confío demasiado en su discreción. Sé que su padre lo llama Octaviano delante de todo el mundo, pero a estas alturas supongo que a ese vejestorio ya nada le importa. El día menos pensado se morirá.
––Y tú heredarás. Bueno, Cecilia, ya me entiendes… todo esos denarios de Ático. Le  dejamos bastantes cuando casi lo ponemos en la lista de proscritos…
––A su debido momento, pero no he venido para hablar de testamentos ni sobre la fortuna de mi suegro. Oye, ¿de qué te ríes?
––Me ha hecho gracia algo que has dicho… es tan deliciosamente irónico…
––Que qué hacemos ahora, Mecenas.
––Nada.
––¿Cómo que nada?
––No darle importancia al asunto. No hacer ruido. César podría haber sido más discreto, eso te lo reconozco. No sabría decirte cuántos se han enterado de su rabieta y cuántos lo están chismorreando en el senado. Por cierto, ¿es cierto que se hizo daño en una mano tras golpear la pared de pura rabia?
––No vi que tuviera la mano malherida esta mañana en la curia, ni me comentó nada después. Sé que anoche Octavia fue a verle, supongo que para calmarlo, pero ni siquiera Livia sabe de qué hablaron.
––Compartirían una ración doble de hiel contra Antonio. Menos mal que Octavia todavía es discreta y no va a llorarle a nadie, pero a veces me pregunto si la máscara que hemos creado sobre ella no se va a resquebrajar un día de estos…
––Octavia hará lo que le diga su hermano, Gayo.
––Sí, sí, lo sé. Pero la imagen de pobrecita repudiada me consta que le cansa. De todos modos ya sabía con quién se casaba…
––Tampoco se merece lo que está haciendo ese imbécil. Pase que es un matrimonio amañado…
––De estado.
––De estado, lo que tú quieras, pero no hace falta que se lo tome tan a pecho, por muy enamorada que esté… Cecilia ya está un poco harta de sus visitas. ¿Para qué viene acompañada de los hijos de Antonio? ¿Tiene que cargar a cuestas siempre con ellos? Pase con las dos pequeñas, ¿pero Antilo y Julio? Como si necesitara dar más lástima de la que ya da. Y además, ¿por qué no le envía sus críos a Alejandría? ¿No es su padre? Pues que se encargue de ellos, por todos los dioses.
––La egipcia no los quiere y de todos modos los necesitamos en Roma. César piensa que nos resultan más útiles aquí que con su padre. Que la gente diga «pobrecitos, abandonados mientras su padre retoza con esa zorra». Nos conviene.
––Pues no parece surtir efecto. Mira la pintada…
––Esa pintada ya está borrada, no te preocupes más por eso. Me encargaré de hablar con César, de tranquilizarle. ¿Cuánta gente pudo verla, además? Apenas estuvo unas horas expuesta. Mis hombres decían que la pintura aún estaba fresca.
––¿Quién te dice que ha sido sólo una pintada? Quizá haya más por la ciudad…
––Puse a los míos a patear toda Roma. Por ahora no han aparecido más… o al menos no tan explícitas. De cualquier manera, no le demos más importancia. Tenemos que avanzar. Además, ya tengo un plan.
––Cuéntame.
––Prométeme que nada de lo que te diga saldrá de esta sala.
––Hombre, Gayo, que no soy cualquiera…
––Precisamente por eso. Lo que te voy a contar solo lo sabemos tú, César, Planco y yo.
––¿Planco? ¿No estaba en Alejandría con su sobrino?
––Llegó ayer. Vino directamente a mi casa.
––Vaya…
––¿No me preguntas por qué vino Planco a mi casa antes que a la suya? A veces me sorprende tu falta de curiosidad… Bueno, tienes que saber que le pedí que no hablara con nadie. Espero discreción, mi buen Agripa, ya sabes que confío en ti.
––No te pongas tan pomposo y suéltalo.
––Recordarás que hace unos meses vino uno de los administradores de Antonio a la ciudad. Tenía asuntos que tratar con Ático acerca del fideicomiso de los niños, del dinero del que podrían disponer cuando alcancen la mayoría de edad. Antilo, por ejemplo, que ya tiene catorce años y en breve se vestirá la toga pretexta. La casa que fue de Pompeyo y que Antonio recuperó cuando el viejo César murió, los bienes de Fulvia que le confiscaron después del asunto de Perusia, ya sabes… Pero no vino solamente a remover tablillas. Traía el testamento de Antonio. La última versión.
––¿Cómo sabías tú eso? Los testamentos son privados.
––Eso ya lo sé. Me enviaron un mensaje desde la casa de las vestales. Tengo gente allí dentro.
––Dónde no tendrás gente… oye, en mi casa no habrás puesto a nadie, supongo.
––No esperarás que te confirme eso, Marco.
––Ya sé que César te lo permite todo… y si te soy sincero no es que me importe demasiado. No tengo secretos, bien lo sabéis los dos, pero Cecilia se pondría furiosa si llegara a descubrir una de tus orejas en su alcoba…
––No tiene por qué preocuparse. En fin, lo que te decía: el testamento de Antonio. Lo depositaron, fue registrado y almacenado, todo el proceso, no te voy a aburrir con los detalles. Y me hicieron una copia.
––¿Cómo que hicieron una copia?
––Joder, Agripa, ¿te lo explico con manzanas?
––Es igual, sigue.
––Esta mañana leí la copia. Me decepcionó. ––Recita––. «Yo, Marco Antonio, ciudadano romano, hijo de Marco, nieto de Marco, de la tribu tal, triunviro para la restauración del Estado»...
––Ya no.
––No le quites las ilusiones… «Procónsul de Roma, hijo de Zeus, todopoderoso descendiente de Dionisos...», etcétera, y llega al meollo, deja sus bienes a sus hijos en el orden siguiente, más etcétera, «y deseo que a mi muerte mi cuerpo sea enterrado en la tumba tal y cual en las afueras de la Vía Apia, al lado de…» en fin, lo que viene siendo un testamento. ¿Ya hiciste el tuyo, por cierto?
––A la partida de la guerra con Sexto. Muy bien, ha escrito su testamento, pero no acabo de entender de qué te sirve; aunque si yo fuera tú, que no se entere Antonio que lo has leído…
––Tampoco se va a enterar. Pero, a lo que iba: su aburrido testamento. El mío no es mucho mejor, pero yo no soy el biznieto de Dionisos.
––¿De verdad pone eso?
––Es una broma, Agripa…
––Ah. Bien, ¿y entonces?
––¿Quién nos dice que ese es el testamento de Antonio?
––No te acabo de entender…
––Verás, Marco, es muy fácil: podemos modificar el testamento de Antonio y dejarlo como un traidor. Ya lo he discutido con César, está de acuerdo. Se alegró, le vino bien un poco de bálsamo para su moral.
––¿Cómo piensas modificarlo?
––Cambiando algunas partes del documento de modo que cualquiera que lo lea piense que Antonio es un traidor. Que ha dejado de ser romano. Es más, que es tan zoquete que ni le importa demostrarlo.
––¿Y qué vas a escribir entonces?
––Que no desea ser enterrado en Roma.

۩

[Transcripción de la sesión del senado del día..., página… Tiene la palabra el honorable senador Gayo Julio César Octaviano.]
––Estimados colegas, padres conscriptos, tengo en mis manos las últimas voluntades, el testamento de Marco Antonio. [Murmullos en las bancadas.] Y pido permiso a esta noble cámara para poder leerlo. Y así comprobar de una vez cuánto quiere Antonio a Roma, y cuánto es amado por ella y por todos vosotros.
[Clamor. Varios senadores hablan a la vez.]
––¡No puedes leer su testamento!
––¡Traición!
––¡Qué insolencia!
––¡Que lo lea! ¡Queremos saber lo que dice!
––¡Orden, padres conscriptos, orden! [El cónsul Gneo Domicio Ahenobarbo, en plena posesión de las fasces, se pone en pie. A su lado el cónsul Gayo Sosio no da crédito a lo que está sucediendo.] Espero que tengas una buena razón para apoderarte del testamento de un ciudadano, Octavio [Sigue poniendo orden.] ¡Silencio, padres, silencio! Lictor, trae ese documento de manos del senador. [Murmullos en las gradas de la curia. El senador Octaviano sigue de pie y en posesión de la palabra pero espera a que el cónsul compruebe el documento.] Es auténtico, reconozco su sello. Y está roto, luego lo has leído. ¿Puedo saber, senador, cómo has conseguido este testamento? Es más, ¿quién te ha dado permiso para sacarlo del archivo de las vestales y traerlo a esta sesión? Porque desde luego Antonio no ha sido. [Murmullos.] ¡Silencio, senadores, no voy a repetirlo más! ¡Lictores, rodead el estrado! [Los lictores se sitúan a ambos lados del estrado en el que se sitúan las sillas curules, en medio de las cuales se haya el asiento del senador Octaviano.] Danos una explicación, senador.
––Eso no viene al caso, cónsul.
––Todo viene al caso, senador. Estás infringiendo una ley sagrada: nadie puede abrir el testamento de un ciudadano hasta que éste haya muerto. Y me consta que Antonio sigue vivo… a tu pesar. [Risas a un lado de la curia.]
––Tendrás, la tendréis todos, padres conscriptos, tendrás la suficiente información de cómo he recibido el testamento de Marco Antonio. Pero te recomiendo que primero lo leas. Léeselo a los padres conscriptos, cónsul. Esto les atañe. [Varios senadores se levantan de sus asientos e interpelan al senador Octaviano. Otros tantos hacen lo mismo con el cónsul Ahenobarbo.] ¡Léelo, Ahenobarbo! [Laguna.] ¡… a todos lo que desea Antonio, amado por Roma y amante de Roma!
[Laguna, faltan algunos párrafos de la transcripción].
[Alocución del senador Octaviano.] […] ––¡Lee el testamento de Antonio, cónsul, y cuando acabes recuérdanos a todos cuál es el deber de un ciudadano romano! [Gritos a ambos lados de la curia, el cónsul Ahenobarbo trata de leer el documento en medio de un inmenso griterío, sobre el cual se alza la voz del senador Octaviano] «Cuando llegue mi hora», dice, «cuando los dioses quieran llevarme a su lado, es mi deseo ser enterrado en el seno de mi muy amada tierra de Alejandría». ¡En Egipto, padres conscriptos! ¡Entre egipcios! ¡Quiere yacer junto a su ramera egipcia por toda la eternidad! [Se produce un griterío ensordecedor.] ¡En Egipto, padres, no en Roma! ¡Marco Antonio, ese que decís que es tan amante de Roma, no quiere morir entre romanos! ¡No podéis negar…! [Le interrumpen los gritos de varios senadores.] ¡Marco Antonio ya no es romano, senadores! [Laguna.] ¿Es así, cónsul Ahenobarbo? ¿Lo que he dicho es lo que dice el testamento de Marco Antonio? ¿Estoy diciendo la verdad? [Fin de la transcripción.]
۩

––Lo reconozco, ha sido una jugada muy hábil. Muy propia de una serpiente.
––¿Qué podemos hacer, Gneo? Tenemos suficientes motivos para procesar a Octavio. Ambos somos cónsules, más de la mitad de la cámara está de nuestro lado. Y Octavio ya no es magistrado. Tiramos de un senadoconsulto último y que Octavio se vaya preparando. Bueno, no me mires así, ya se ha hecho antes de este modo, ¿no? Para empezar, habrá que escribir a Antonio. Que levante su culo gordo de Alejandría, aparte a esa zorra y venga de una vez, maldita sea.
––¿Con esas mismas palabras, querido Sosio? No te preocupes, le escribí nada más levantar la sesión. Pero me preocupa ese testamento. Si Antonio ha escrito eso es más idiota de lo que a veces he imaginado. ¿Cómo se le ocurre decir que cuando muera quiere ser enterrado en Alejandría? ¿Ha perdido la razón o qué?
––No me sorprendería… como no me sorprende ese testamento. Por cierto, ¿a quién le deja la casa del Palatino?
––¡Y yo qué sé, Sosio! Bastante tenía con enterarme de algo mientras todos vociferaban y Octavio ponía esa cara de marisabidillo. Hijo de puta… lo que habrá disfrutado este momento. Lleva años… desde Filipos, para ser exactos, deseando clavarle el puñal en la espalda. Y me temo que esta vez lo ha conseguido…
––¡No puedes estar hablando en serio, Gneo! ¡Ese testamento estaba amañado! ¡Seguro!
––Ya viste el sello. Era el sello de Antonio, sin dudarlo.
––Sí, bueno, pero… ¡no puede ser verdad! ¿Cómo va a escribir eso?
––¡Pues lo ha escrito! ¡Y nos ha jodido a todos! Tanto trabajo para defenderle aquí, en Roma, y el muy imbécil va y escribe eso. ¿Es que no se da cuenta que estando en la otra punta del mundo sus palabras y sus actos no suenan igual dependiendo de quién los diga? ¡Me cago en todos los dioses, Antonio! ¿Qué tienes ahí dentro en lugar de sesos?
––Cálmate, hombre, cálmate, que te va a dar algo. Ten, bebe algo de vino.  Vamos a tranquilizarnos un poco. A ver… ¿qué le has escrito a Antonio?
––Que levante su culo gordo de Alejandría, que aparte a esa zorra y que venga de una maldita vez… con mis propias palabras, claro. No te rías, que tampoco tiene tanta gracia.
––Esperemos que lea entre líneas…
––Los dioses te oigan. ¿Y mientras tanto?
––Reunamos a nuestros hombres en el senado. No me sorprendería que ese hijo de puta tuviera algo más guardado contra Antonio.
––Pero somos cónsules…
––Como si eso sirviera de algo. Yo no mando legiones y tú tampoco, Sosio. ¿De qué nos sirve el cargo? Al menos cuando estaba proscrito tenía una flota. Ahora me siento inútil. Y todo por lealtad a Antonio. ¡Lealtad!  Bah, te aseguro que hay días que lamento haber hecho las paces con él. Es tan tonto a veces… Qué te voy a contar, tú estuviste con él antes que yo.
––Sí, lo sé. Pero a estas alturas de la vida, ya no sé… No tengo ya palabras para explicarlo. Nos hacemos viejos. Bueno, me hago viejo, Gneo, tú aún eres joven.
––Eres viejo, querido. Asúmelo.
––Ya llegarás tú también a los sesenta…
––Pues no creas que no me siento como si los tuviera. Me estoy quedando calvo, como mi padre, y con la misma edad que tenía él cuando murió en. Farsalia… allí nos enterraron, Gayo. Allí acabó todo. Mis esperanzas, mi carrera, mi vida…
––Pero seguiste adelante. Lo hicimos todos cuando César venció, aunque para entonces…
––¿Y de qué nos ha servido seguir adelante? ¿Eh? ¿De qué?  Maldigo estos tiempos, Gayo… demasiadas cosas han sucedido en los últimos… uf, veinte años. Recuerdo cuando mi padre fue cónsul. Le costó horrores conseguir el cargo, ¿y para qué? Apenas pudo disfrutarlo. César, siempre César. Y ahora tenemos a este otro… me niego a llamarlo por ese nombre.  Perdona, te he interrumpido, ¿qué ibas a decir?
––Nada, sólo que el mundo de nuestros padres ya no existe. Debí ser cónsul hace muchos años y mírame ahora, mendigando favores a Antonio y teniendo que someterme a ese lechuguino. Y ya estoy demasiado cansado para pelear. Incluso para este cargo de cónsul que no creo merecer. Estoy… tan cansado, tan… discúlpame, me pierdo en el hilo de mis pensamientos. Pero es que no sé cómo explicarlo, no sé cómo decir…
––Te entiendo, Gayo. No estamos hechos para este mundo nuevo que nos asalta. ¿Recuerdas cuándo éramos jóvenes? En tu caso con mayor motivo, tú conociste los tiempos de hierro de Sila y Mario.
––Era un crío, tampoco te pases.
––Jejejeje, lo sé, era para provocarte un poco. Recuerdo mis primeros años en el foro. Hortensio y Cicerón acaparaban la atención de los ciudadanos con su verborrea… y fíjate, ahora los echo de menos, esos ampulosos discursos en la tribuna de los oradores, en algún proceso en el tribunal del pretor, el runrún de los votantes en las elecciones de julio... Ese pasear por el foro, encontrarme con los clientes de mi padre, que me animaban a seguir su estela, me ponían papeles en los bolsillos de la toga pretexta, para que luego se los diera a él, que me pedían favores. El olor de pan recién hecho en el mercado, la tinta aún fresca de los discursos de Cicerón secándose en la tienda de los hermanos Rupilio, el jolgorio de las tiendas en la calle de los plateros, las comitivas de lictores cuando el cónsul se dirigía a la curia… todo eso pasó, Gayo, ya no volveremos a verlo ni a sentirlo. A veces incluso tengo la sensación de que todo eso fue… cómo decirlo… un sueño, una fantasía, un recuerdo de tiempos tan lejanos que parece que nos hemos limitado a repetirlo una y otra vez para cerciorarnos de que era cierto, de que todo eso existió, de que lo vivimos… Porque lo vivimos, ¿verdad? Casi me parece escuchar los gritos de la turba en la asamblea plebeya o palpar el silencio del senado cuando Catón pronunciaba una de sus peroratas…
––Sí que te has puesto melodramático…
––Es posible.
––Anda, echa un trago y recuerda también las cruces de Craso en la Vía Apia… bueno, esas no las recordarás, eras demasiado pequeño. Los gladiadores y macarras que rodeaban a Milón, las peleas nocturnas detrás del templo de Saturno, los senadores corriendo como conejos el día que quemaron el cadáver de Clodio en la curia … eso también formaba parte de esa Roma que está desapareciendo, Gneo.
––Sí, lo recuerdo también… pero, ¿sabes?, también añoro eso: la incertidumbre de los tiempos de Pompeyo y César antes de que éste invadiera Italia, la soledad de las calles cuando el Magno (qué pomposo era, por todos los dioses) ordenó evacuar la ciudad, la marcha hacia Dirraquio… y luego Farsalia…
––¿Ya vuelves otra vez con Farsalia? Chocheas, mi querido Ahenobarbo.
––¡Coño, que mataron allí a mi padre! Jajajajaja, tienes razón, divago…  Pero también tienes razón en otra cosa, Gayo: yo también estoy cansado para pelear otra vez. Pero tendremos que hacerlo, aunque sea para este… Antonio.  Y quizá sea nuestra última batalla. Por si acaso, dile a tu mayordomo que tenga listo el equipaje. Quién sabe si tenemos que abandonar Roma, y esta vez para siempre…

۩

––Ha sido muy divertido, querida. Todos gritando como posesos, Ahenobarbo casi echaba espuma por la boca y César estaba tan digno, allí de pie, con esa pose ensayada que tan bien le sale delante del espejo, incluso no le molestó que Ahenobarbo le llamara todo el rato senador… mmmmmmm, sí, exactamente ahí, ufffff, qué bien me vienen tus dedos…
––Tienes el cuello tenso, Marco. ¿Y qué pasó después?
––Ahenobarbo nos echó a todos. Habrá sesión dentro de un mes. Supongo que le enviará una carta urgente a Antonio, aunque no sé si llegará a tiempo. César nos ha reunido mañana en su casa.
––¿Estará Livia?
––Supongo, vive allí. Pero dudo que César la invite a la reunión.
––Creí que se lo contaban todo el uno al otro. O eso me dijiste un día.
––Yo también, pero la última vez que la vi no me dejó claro que fueran tan íntimos. ¡Coño, mujer, ten cuidado!
––Perdona. ¿Qué crees que querrá hacer César?
––No lo sé, aunque algún plan debe de tener. O ya lo habrá pensado Agripa por él. Pero tendremos guerra pronto. ¡Ya tenía ganas de una campaña de verdad! Y por fin acabaremos con Antonio, le tengo ganas desde Filipos. Diez años, querida, diez años esperando a que metiera la pata.
––En puridad no lo ha hecho… tienes aquí un nudo, ¿qué has hecho hoy?
––Ya, pero eso no lo sabe nadie. Ni él mismo se lo imagina. Sigue, sigue…
––Y cuándo Ahenobarbo convoque el senado, ¿qué? Porque con sólo un testamento amañado no veo cómo vais a provocar una guerra.
––No es sólo el testamento. Al final nos va a venir bien que ni César ni Antonio sean ya triunviros: Mecenas quiere plantearlo todo como una guerra contra Egipto. Y aunque los dos cónsules sean de Antonio podemos pasar por encima de ellos. Hay que neutralizar a Antonio y sus voceros. Mecenas tiene algo sobre un juramento o algo así. Un juramento de toda Italia con César.
––Eso ya se hizo.
––¿Cómo que ya se hizo?
––Sí, leí algo parecido en Salustio, no sé qué… estás tenso, querido, muy tenso… no sé qué del abuelo de Livia, el que fue tribuno de la plebe. Aquel que mataron en su casa.
––¿Eso cuenta Salustio? Vaya, no lo tenía por un historiador.
––Deberías leer algo más que los informes militares, querido. Me lo contó Livia. Compró un ejemplar en la tienda de papá. Vio el nombre de su abuelo y le hizo gracia. Pero se aburrió con las primeras páginas y me lo pasó. No está mal, tiene… cómo te diría… tiene estilo escribiendo. A Cicerón lo deja fatal.
––No se merecía otra cosa. ¿Y dices que hubo un juramento antes?
––No recuerdo exactamente qué tipo de juramento. Algo de la guerra itálica, de la clientela que el abuelo de Livia quería establecer entre los itálicos. Quizá tu abuelo sabía algo, si acaso pregúntale a tu padre.
––Mi abuelo era romano, no itálico.
––Lo siento, no te ofendas. Ya lo buscaré, no te preocupes.
––Seguro que Mecenas sabe algo. Por cierto, palomita: ni una palabra a nadie sobre el testamento de Antonio.
––No te preocupes. Bueno, sólo a papá.
––A nadie, Cecilia. Respeto mucho a tu padre, cariño, pero prefiero ser cauto. Bastantes chismes le contaba Cicerón y mira donde acabaron todos: a la venta en rollos con ribetes dorados en el Argileto. Y tu padre es el editor, no te digo más. Así que chitón. Al menos por ahora.
––Vale, vale. ¿Estás mejor?
––Sí…
۩

––
¿Me puedes explicar de qué va todo esto?
––Tranquila, Octavia, está todo controlado.
––¡De tranquila nada, Livia! ¿Cómo se os ocurre leer públicamente el testamento de mi marido? ¿Os habéis vuelto locos? ¿Sabéis en qué lugar me dejáis delante de todo el mundo?
––Yo no tuve nada que ver, querida, me enteré por boca de César cuando llegó de la curia. Así que siéntate, deja a los niños fuera, que me sacan de quicio (y perdona que te lo diga, pero es así), tómate una copa de vino y si quieres charlamos. Lucio, trae vino para la señora Octavia.
––Niños, id a jugar con vuestros primos No me mires así, Antilo, ¡son tus primos, leñe!. Livia, ¿están en el peristilo? Muy bien, ya lo habéis oído, id al peristilo. ¡Y no toquéis nada! Antilo, no pongas morros y encárgate de los pequeños. Gracias, Lucio. Mmmmm, ¡vino fresco! Que no se entere mi hermano, es un rácano. Uf, no te falta razón, querida, a veces son un poco agobiantes estos críos.
––¿Por qué los llevas contigo a todas partes? Además, la mitad no son hijos tuyos.
––¿Y qué hago? ¿Se los mando a su padre y a esa…? Mira, no me mientes el tema que me pongo furiosa.
––Envíaselos, que se preocupe de ellos. Además, Antilo ya no tiene edad para jugar con niños, deberías enviarlo a la escuela de Magio o ponerle un pedagogo en casa. Mira, estaría bien, jejeje, le podrías mandar la factura a su padre, qué menos que colabore en algo.
––Lo haría encantada si no estuviera con esa… estoy convencida de que esa loba es capaz de pervertirlos.
––Mujer, que sea egipcia no significa que sea una loba…
––Pues no dice eso tu marido. Por cierto, dile que deje de espiarme.
––Eso al negociado de Mecenas. César no quiere saber nada de los asuntos sucios que maneja Mecenas. Bien, querida, ¿ya te has calmado? ¿Más vino?
––No, gracias, con esta copa ya tengo suficiente. No sea que me empiecen a llamar borracha por las esquinas a la primera de cambio. ¿Sabes? Ya empiezo a estar un poco hartita de la humildad, la bondad, la dulzura y demás monsergas que pregona mi hermanito. ¡Que tengo sangre en las venas, caramba!
––Octavia, que estás casada…
––Ya no.
––¿Perdona?
––Que ya no estoy casada. Antonio se ha divorciado de mí. Esta mañana he recibido una carta suya. Ya me echó de la casa de Atenas, ahora me aparta definitivamente de su vida. De hecho, mi visita no era por lo del testamento de Antonio: venía a decirle a mi hermano lo del divorcio.
––¡Cómo lo siento, querida!
––No me vengas con esas, Livia. Estabais deseando todos que sucediera. Empezando por mi hermanito, así que guárdate las carantoñas para otra ocasión.
––Lo lamento, no quería molestarte, Octavia, yo sólo…
––Ay, Livia, perdóname, no sé ni lo que digo. ¡Pero anda que ya es casualidad que soltéis ahora lo del testamento! ¡Como si no tuviera ya suficientes problemas! Aunque no se me escapa lo bien que le viene a Gayo todo esto, le va a sacar un partido que no veas… Primero Antonio me repudia, luego quiere que lo entierren en Alejandría, ¿qué será lo próximo? ¿Coronarse rey de Egipto? Si es que soy tonta… Lo que no me pase a mí… Bueno, ¿y ahora qué vais a hacer?¿Leer la notificación de mi divorcio en medio del foro?
––Por si acaso no se lo digas a tu hermano...
––¿Y dónde se supone que voy a vivir ahora? ¿Y los niños?
––Aquí, por supuesto, no te preocupes de nada. Le diré al mayordomo que os prepare las habitaciones de arriba. Tenemos sitio de sobra. Y los niños ya se conocen, harán buenas migas. Por cierto, el pequeño Marcelo pronto irá al colegio, ¿no es así?
––Sí, Gayo me sugirió de ponerle un pedagogo privado, pero es mejor que vaya con los demás niños.
––Eso es bueno. César tiene planes para él.
––Por favor, no empecemos, que es un crío…
––Pronto dejará de serlo.
––Dejadle ser un crío… Y a mí tranquila, no os pido más.
––De todos modos, no hay mal que por bien no venga.
––¿Qué quieres decir?
––Que por fin te puedes librar de los hijos de Antonio.

۩

––Nos lo ha puesto en bandeja, Marco.
––Sí, quién iba a imaginarse que sería tan tonto para divorciarse de Octavia…. y de esa manera, aunque no me sorprende: siempre fue un bruto.
––Nos viene de perlas. ¡Gracias, Antonio! Ahora nadie preguntará cómo hemos conseguido el testamento de Antonio. César ya le ha enviado un mensaje a Ahenobarbo para que convoque el senado en tres días. Lanzará la noticia del divorcio.
––Estupendo. Por cierto, ¿cómo va el asunto del juramento de Italia?
––Estamos en ello. Asumiremos la misma fórmula del texto de Marco Livio Druso. Envié a uno de mis secretarios al tabulario de Sila para que cotejara el documento. ¿Y tú cómo llevas los preparativos militares?
––Sobre la marcha, la flota se reunirá en Brundisium antes de que acabe la temporada de navegación. Discutí con César una campaña en Grecia, le bloquearemos el paso al Adriático desde Brundisium y luego…
––Lo que sea, eso os lo dejo a vosotros. ¿El próximo año, pues? Antes tenemos que… esto, animar a Ahenobarbo, Sosio y los suyos para que se marchen de  Roma. Que se vayan con Antonio, así podremos hacer tabula rasa. Pondremos en marcha el juramento en las principales ciudades de Italia y luego César convocará al colegio de los feciales para la declaración de guerra. Se ha empeñado en arrojar la lanza él mismo.
––Por todos los dioses…
––Sí, lo sé. Pero antes tenemos que convencer al senado de que la nuestra es una guerra justa. Y aún no las tengo todas conmigo.
––Ya hiciste lo principal, Mecenas.
––No sé, nos está saliendo todo demasiado bien. Y César se está poniendo demasiado frenético. No sé si va a ser capaz de mantener los nervios a raya. Tenemos que ir con muchísimo cuidado.
––Es pan comido, ya lo verás.
––Eso espero. Por cierto, mis condolencias por lo de Ático. Me he enterado hoy.
––Gracias, se lo diré a Cecilia. Está muy afectada, no sabía nada del cáncer de Ático.
––¿Tú sabías algo? Yo tampoco oí nada.
––No se van a enterar de todo tus espías… Se ha retirado a Túsculo. No esperamos que dure demasiado.
––Lo siento, es un buen hombre, a pesar de todo.
––Sí, llegué a cogerle cariño, no te creas.
––Y más que se lo cogerás: piensa en todo ese dinero.
––¡Ahora no es el momento, Mecenas!

۩

––Pues vaya birria de ceremonia… ¡Niños, estaos quietos u os quedáis sin postre!
––No ha estado mal. Aunque me alegro de que César no haya lanzado esa ridícula azagaya. Y esa vestimenta… le habría quedado horrorosa.
––Desde luego. Entre que esa horrorosa túnica le viene grande y que la lanza es tan larga como él, habría quedado algo desastroso. Oye, ¿es verdad que estuvo ensayando con jabalinas en el jardín?
––Toda la noche, apenas me dejó dormir. No se fue a la cama hasta que no se quedó a gusto. Y, claro, se despertó con agujetas. Mecenas le quitó la idea de la cabeza esta mañana. Que no era necesario, que para esas cosas ya estaban los feciales, etcétera. Incluso yo tuve que suplicarle que por favor no hiciera el ridículo. No sé qué le ha dado con lo de recuperar las viejas costumbres, no todo lo antiguo era bueno.
––Pues sí, menos mal. ¡Ay, Antonia! ¿Qué quieres? ¡De verdad, qué asco de críos! No, hija, hoy no vamos al mercado.
––Cómprales algo, mujer. Quizá se calmen.
––Lo que faltaba, el día que declaramos la guerra a su padre les compro unos juguetes. Cómo se nota que tus niños te la traen al pairo...
––Mujer, no sé… además, recuerda que la guerra es contra Egipto. Que no se te escape lo contrario.
––Ya me lo aprenderé, no te preocupes. Bueno, vamos a casa.
––Sí, ya es hora. ¡Alegra esa cara, Octavia! Por fin te has librado de ese imbécil.
––Pues lo echo de menos… ¿Qué hago con treinta y siete años, soltera otra vez y con tres hijos? ¡Y el pequeño Julio Antonio! Aún es pequeño para saber lo que está sucediendo, pero me da una pena que se entere algún día…
––¿Y Antilo? ¿Ya se marchó?
––Sí, esta mañana, no quiso quedarse a contemplar la ceremonia de los feciales. Me da un poco de lástima, apenas conoce a su padre, no sé cómo lo recibirá en Alejandría.
––Ya es mayorcito para saber lo que le deparará la vida. Mira, casi hemos llegado. Ah Lucio, qué bien que estés aquí. Que preparen el comedor, hoy seremos unos cuantos para la cena. ¡Hay que celebrarlo!
––No estoy yo para fiestas, la verdad… no es un buen momento para beber.
––¡Tonterías! Ahora es justo cuando tenemos que brindar. Que Mecenas le encargue a Horacio una de esas odas que tan bien le salen… A Virgilio no, que es muy cenizo el pobre.

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«Anexé Egipto a los dominios del pueblo romano.»
Res Gestae Divi Avgvsti, 27.
 Traducción de Guillermo Fatás.


* Nota del editor. Como el lector se habrá percatado se trata de una traducción muy libre del original en latín. Tras muchas deliberaciones, y siguiendo los consejos del erudito sevillano don Antonio Fernández del Río, hemos decidido no traducir literalmente la frase, sino conservar su significado con una interpretación alternativa. Esperemos que el lector se lo tome con la misma sorna con la que don Antonio vino a la editorial una tarde calurosa de mayo para sacarnos del apuro.



Making-of del relato

¿Por qué este relato en diálogo y sólo en diálogo? Porque me lo pedía el cuerpo, básicamente. Porque me apetecía "experimentar". No es un relato "teatral", aunque sólo sean diálogos. Me gustan mucho los Diálogos de Luciano de Samosata (siglo II d.C.) y en cierto modo me sentí influido por él y por la manera de mostrar las conversaciones; Luciano escribe con mucho sentido del humor (los Diálogos de los dioses y los Diálogos de los muertos, especialmente) y quise probar a hacer algo similar. Este es un relato que opta por el diálogo como recurso estilístico que condensa muchos otros. Conozco a los personajes, que son un puñado y a los que emparejé en una serie de conversaciones (Marco Agripa y Livia, Agripa y Cayo Cilnio Mecenas, Gneo Domicio Ahenobarbo y Gayo Sosio, Livia y Octavia, Agripa y Cecilia Ática) con la no-presencia de Octaviano siempre presente, del que hablan y que de un modo u otro es protagonista en la sombra del relato. De hecho, la única vez que Octaviano aparece como personaje es en la transcripción de la sesión del senado (ahí me dejé inspirar por el Diario de sesiones del Congreso de los Diputados, una mina de información parlamentaria... y en el que todo queda reflejado). Por cierto, para esa secuencia me dejé "inspirar" y "homenajeé" una secuencia de la película Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), que bien sabéis que es uno de mis péplums favoritos, sino el que más: la escena en que Octaviano muestra el testamento de Antonio en el Senado, provocando la ira de los patres conscripti por la decisión de éste de que, al morir, sus restos permanezcan en "mi muy adorada ciudad de Alejandría". Toda la película está plagada de buenísimos diálogos y quise escribir un relato que fuera digno de esos diálogos cinematográficos... pero sobre el papel.

El relato muestra la forja de la propaganda antiantoniana. Bueno, me he permitido el lujo de escribir sobre un tema amplio y complejo desde la limitada pero libre pluma de la ficción en unas cuantas páginas. ¿Y cómo hacerlo? Pues empecé con una idea (siempre lo hago con mis relatos, ideas que surgen y a las que voy dando vueltas), o mejor dicho, una imagen: el grafiti en la pared. Que un romano anónimo (pero bien informado) escribiera en una pared que Octaviano y Antonio en el fondo son lo mismo, me dio la idea inicial que desarrollar. Durante un tiempo barajé la idea de cómo convertir en latín lo que subyace en ese grafiti, para finalmente llegar a la conclusión de para qué diablos iba a complicarme la vida. Ya estaba escrito: "tanto monta, monta tanto". Tomé la idea, la adapté, puse una nota a pie de página dejando caer la influencia zumbona de cierto hislibreño y empecé a desarrollar el relato. Lo que debía de fastidiarle (desde la ficción, claro) a Octaviano que le pusieran en el mismo saco que a Antonio. Lo mucho que debía de, perdonad la expresión, joderle. Pues posiblemente en la mentalidad de un romano de aquellos años (33-32 a.C.), con un imperio regido por la voluntad de dos triunviros, ambos eran lo mismo: dos tipos que controlaban los hilos de un modo quizá diferente, pero con un objetivo claro, que era controlar y tener poder. A partir de eaa idea del fastidio de Octaviano pergeñé sus reacciones (algo infantiles) y como los personajes actúan, bailan o deciden a su alrededor. Planteé un Agripa algo simplón, un Mecenas sibilino y bastante felino, una Livia diferente a la suetoniana (y robertgravesiana; es ya un tópos literario esa Livia, más que un personaje histórico real), una Octavia totalmente diferente a la de esa devota y afligida matrona (le di la oportunidad de ser "libre" de expresar sus opiniones, al margen de lo que las fuentes escribieran/inventaran sobre ella o de lo que decidiera su augusto hermano que debía ser) y un par de cónsules (Ahenobarbo y Sosio) a los que doté de un cierto aire nostálgico (o tempora, o mores!), a mi gusto, claro está. Y ale, a escribir los diálogos, que empezaron a surgir poco a poco. Y con ellos, un tono humorístico que no era premeditado... simplemente surgía.

Entiendo y comprendo que el relato no llegara a algunos lectores. Asumí el riesgo de escribir un relato estrictamente no apto para profanos en la materia (aunque procuré escoger un tema y unos personajes que son más que conocidos) y me preparé para recibir comentarios de todo tipo. Argonauta me leyó el pensamiento: "sospecho que el autor sabía el riesgo que corría pero le importa poco". Lo sabía, pero no es que no me importara, sino que tomé una decisión. Como autor uno debe escribir lo que le apetece escribir y cómo le apetezca hacerlo, y si a los lectores no les gusta... pues qué se le va a hacer. No siempre vas a conseguir que les guste lo que escribes. Todos escribimos para atrapar y seducir a los lectores, pero en algún momento uno debe tener claro que estar a gusto consigo mismo también debe estar entre sus haberes. 

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