6 de marzo de 2014

Crítica de cine: Her, de Spike Jonze

La convivencia e interacción entre seres humanos y máquinas como tema a desarrollar es tan antiguo como el propio cine (¿recordáis Metrópolis de Fritz Lang?); e incluso la idea de que una máquina puede sentir como un ser humano, para bien o para mal (no es necesario retrotraerse a Hal 9000). Crear vida artificial y que esa vida sea como la nuestra es un tema que nos lleva a los debates éticos de la Criatura frankensteniana o a ese androide que busca desesperadamente al Hada Azul para poder convertirse en un niño de verdad, en la actualización del cuento de Pinocho según Steven Spielberg (y Stanley Kubrick). Por tanto, en Her Spike Jonze bebe de ideas clásicas pero les da una vuelta de tuerca y, especialmente, nos obliga a nosotros, seres humanos, a replantearnos no tanto los aspectos morales en relación con la hominización tecnológica, sino nuestra propia condición humana. ¿Quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, qué queremos? Porque, a fin de cuentas, como seres humanos estamos abonados a la constante introspección de cuál es nuestro lugar en este mundo, cómo comprenderlo y cómo asimilar los cambios que, inevitablemente, se producen.

Her es una película con planteamiento interesante (como en algunos capítulos de la miniserie británica Black Mirror): en un mundo del futuro cercano pero muy reconocible (y presente), un hombre, Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora del nuevo sistema operativo de su ordenador, que lleva la voz (y no sólo eso) de Scarlett Johansson... si ves la película en versión original subtitulada, como ésta reclama a gritos que debe hacerse (¿cómo será la voz de Samantha en castellano? No tengo necesidad de saberlo...). Esta es la idea inicial, pero sin un contexto adecuado no deja de ser una película, más o menos provocadora y más o menos presta para el debate ético, de corto desarrollo. Lo interesante es el mundo que nos ofrece Jonze: el escenario de una ciudad como Los Ángeles –"es demasiado extensa y desconectada, la gente no se conoce entre sí", comentaba Vincent (Tom Cruise) en una secuencia de Collateral–, inmensa y rodeada de altos edificios (la mayoría son de Shanghái, donde se han rodado parte de los exteriores), con habitantes multiétnicos, solitarios y pendientes de las últimas actualizaciones de su sistema operativo o de hablar con el propio ordenador a través de un pinganillo en el oído y un pequeño aparato, casi una libreta de bolsillo, que sirve de conexión entre humanos y computadora con servicios en la nube internetizada. Theodore trabaja escribiendo cartas por encargo en una empresa: cartas de amor, de felicitación, de pesar, de recuerdo, mensajes de todo tipo que personas como Theodore escriben por encargo para otras personas. Primera nota interesante. Luego está la sociabilidad, o más bien la atenuada sociabilidad de las personas, con edificios y apartamentos inteligentes que lo tienen todo perfilado para facilitar la vida de las personas... y en cierto modo limitar su necesidad de contacto humano. Las personas de Her no hablan tanto entre sí como con la voz del sistema operativo de su ordenador, que facilita todo tipo de interactividades, supuestamente entre personas, pero en realidad entre una persona y una máquina. Y ahí empieza la aventura de Theodore...


El segundo punto interesante de la película es la situación emocional de Theodore: se acaba de separar de su esposa Catherine (Rooney Mara), aunque aún no ha formalizado el divorcio. Jonze nos muestra la tristeza de Theodore, su incapacidad para superar el trauma de la ruptura, el silencio con el que neutraliza sus propios sentimientos. Conocemos esa historia de amor rota al tiempo que se perfila la relación de Theodore con Samantha, mucho más que la voz de su sistema operativo O.S. Samantha establece una relación personal con Theodore, aprende de él y se constituye en no-ser emotivo y con capacidad para sentir. Una de las cosas que más le atraerán a Theodore (y lo comentará con varias personas) es el entusiasmo de Samantha, un programa informático, por la vida. Un entusiasmo que le lleva a plantearse la necesidad de establecer la corporeidad física, de tener un cuerpo propio, de poder sentir lo que sentiría una mujer de verdad. A partir de ahí, cuando la relación entre Theodore y Samantha ha superado todas las barreras que podamos imaginar, la película entra en una dinámica que te deja la boca abierta. No sobra ni falta nada en cada secuencia, conocemos la historia de amor de Theodore y Samantha, sus dudas, miedos, celos e incluso discusiones. Y todo ello es paralelo a lo que le sucede al propio Theodore en "la vida real"; ¿qué es más real para Theodore, por otro lado? ¿Lo que debe lidiar en relación con el divorcio de Catherine y asumir el fracaso de una relación, o lo que está sintiendo cada día, cada noche, con la voz-que-es-mucho-más-que-la-voz de Samantha?

Jonze no circunscribe la relación a dos personajes, sino que abre el objetivo de la cámara para que echemos un buen vistazo a esa sociedad que rodea a Theodore. Es interesante cómo, frente o, mejor dicho, junto a la sofisticación tecnológica, Jonze nos muestra a una humanidad apegada a los aspectos más... ¿vintage? del mundo que le rodea: la ropa que visten Theodore y otros hombres, con unos pantalones sin cinturón y que parecen "añejos"; los muebles, escasos por otro lado, que hay en el apartamento de Theodore; muebles que son clásicos, cotidianos, reconocibles para cualquiera de nosotros. Ese maridaje entre lo tecnológico y lo normal se muestra con naturalidad, del mismo modo que es normal que las personas hablen, pinganillo mediante, con su sistema operativo en la calle, saliendo del metro o en medio de un mercado. La naturalidad es la clave de la película, la que permite que superemos nuestra incredulidad y nos sintamos tan atraídos (y atrapados) por la historia que se nos está contando.

Quizá Her sea la película que, en este mundo de smartphones, apps y sofisticaciones tecnológicas, ineludiblemente tenía que llegar. Quizá sea también la película que supera dicotomías superficiales entre personas y máquinas. Y quizá su tramo final sea mucho más que el final de una historia y el principio de otra. Lo que sí tengo claro es que Spike Jonze ha escrito (como Theodore en su trabajo) una historia sobre sentimientos (humanos) que trascienden la condición física de la humanidad y sobre la necesidad (también humana) de buscar y hallar la felicidad. Por encima de todo.

1 comentario:

Andrea Carrillo dijo...

Spike Jonze es uno de los grandes visionarios, su trabajo podría considerara como arte. Y lo veremos como actor en Girls 4 con un cameo para la polémica historia que seguramente tendrá una quinta temporada